Sunday, January 29, 2006

Una historia cursi (nota: en la versión original hay cursiva para introducir otras voces, pero aki en el blog no sé, lo siento, es un lio)

1.


Mi corazón, como la Galia, está dividido en tres partes.
La primera son tierras (jardines, cementerios, aranceles), la segunda son personas (pestañas, ligueros, brazos), la tercera son ideas (luz, muerte, lejanía): habitantes que ejercen el más mártir monopolio en mi órgano guerrero, víctimas de su propio fervor o entusiasmo.
Algunas personas sólo pueden pensar con la perspectiva del tiempo. A mi me pasa, y a mi amiga Cristina también, con el tiempo puedo al fin enumerar y figurar y entender algo de lo que está perdido en lo que no vuelve ni varía…
Todas las canciones que existen le cantan con nostalgia y notas mustias –sabiendo de la prisa y de la caducidad- al ayer, a la distancia, a la muerte, es todo lo mismo, a la existencia, a los tacones, electrónica espontánea o tango argentino, la vida no ahorca sus hábitos nunca. Estaba escuchando una de esas de nostalgia y débil, de Ella Fitzgerald, y me di cuenta de que no era feliz pero era feliz, estaba a punto de ver de nuevo a alguien que me marcó, pero acababa de despedirme sin besos ni promesas ni recopilatorios ni nada de alguien que me marcó quizás más por su leyenda. James Dean, Elvis Presley, Marilyn Monroe, miserables y preciosos. Su desventura ceba el mito, mis desventuras compartidas avivan, irremediablemente, cierta añoranza, hipocondría y desconfianza puntual. Zumo de naranja, pavo y patata para dar las gracias, zumo de naranja, This is the last time y Ella Fitzgerald, agradable, triste.
Y qué le voy a hacer si tres países, tres o tres mil lugares – con sus conjuntos de colores, vegetaciones extrañas, acentos y fronteras de flor o economía: un verdadero contínuum para mí que vivo en todos- me colonizan y me nacionalizan y me buscan por sus calles.
Son tres fronteras: Estados Unidos, estados hermanados para que la multiplicidad sea una alegoría de largas avenidas; España, un domicilio medio rojo medio azul, lleno de playas, lleno de aldeas, lleno de la Pascua devota y un rosario eterno de memorias y ángeles sangrientos y vírgenes María agricultoras; y el Mundo, amasijo de Austria, Italia, Sudáfrica, Grecia, Croacia, República Dominicana de mis amores y apartados, distantes, lejanos afectos.
Son muchos los defectos. Más o menos, casi siempre, acaso evitable: violencia, mujer-botín-de-guerra, racismo, discrepancia, oportunidades negras, armas y prostitutas vestidas de objeto; pero qué me dicen de sus océanos, placitas, qué me dicen de la gente y sus risas y sus tonterías, de los campanarios, de las cabras, de los niños…
Son también muchos los humanos especiales: Renato, Renato, Renato, Luna…Y las desventuras, infinitas: a veces pienso que detrás de las sonrisas y los orgasmos algo malo ha de venir.

El mal, lo malo, lo deslucido forma parte de la tragedia del firmamento, aunque esto no haya de servir para proclamar resignación. Y mi mundo, bastante parecido al del resto, disfruta de su locura, se envalentona en su violencia alrededor y se queja, es decir, lo bonito y lo feo conviven en mi barrio, y es estupendo, estoy entusiasmada con esta bipolaridad…




2.

La palabra amor tiene raíces latinas y está compuesta por el a (sin) y mor (contracción de mortem, muerte). El amor es pues un estado en el que la muerte no existe; un espacio que no entiende de biología pesimista. Sin embargo, veremos que esta profecía etimológica no se cumple en mí, como no se han cumplido el resto de los augurios ventajosos.

Mi corazón, como el Mundo, está hecho de partículas y marga; pelos, pus, caricias adornan sus vísceras; piedras, sangre seca, tallos lechosos engalanan sus vísceras. Algunos místicos –esos que yo no puedo entender íntimamente, pues tengo la esfera espiritual machacada creo que innatamente, qué suerte o qué condición tan inhumana- piensan que mi corazón, como el resto de su especie –que es cruel, han de saberlo- está acoplado, conectado de algún modo genial, divino, al resto de su especie cruel, y a las tierras, y a las caras, y a todo lo que vive, muere o nunca vivió o siempre estuvo muerto esperando un rayo de resurrección o del Sol.

Pero es que no sé qué pensar: hace tiempo, cuando yo gozaba de esta ambigua inocencia de la edad de doce años, creía sentir en mí, física, literal, realmente, el dolor de la desgracia, el dolor en mi propia piel lejana del real dolor. Lloraba horas en el baño de mis padres creyéndome que tenía cáncer. Veía la televisión de colonialismo y lloraba horas en el baño porque yo era la refugiada más pobre: era una paranoia, un auto convencimiento, una experiencia medio religiosa medio edad del pavo, rebelde, salva-patrias, y con el tiempo he llegado a creer que esta alucinación o fantasía, este creer sentir, este querer sentir, este consuelo, tiene mucho que ver con la fe religiosa y con la fe de lo increíble, improbable, raro, muy raro, como Dios Padre Omnipotente, algo quimérico y no sé si decir ingenioso. Sin embargo, así es la vida: unos creen, otros no, unos son típicos, otros no, yo mientras me pregunto dónde habita el límite de lo psicológico y lo tangible. También me pregunto qué hacen, la siesta, dónde van, a la universidad, mis amores, lejanos afectos…

Durante tiempo me martiricé ¿por qué no creo? ¿por qué no creo? Y, ahora que he conocido el 1% de la vida y del goce y lo inútil de la culpabilidad que nos asigna muy etéreamente esta cultura que anonada instintos (viva Nietsche), siento que siento en todo caso y que las etiquetas, y que las creencias, y que los dogmas me repelen y esto es algo recíproco por suerte. Porque cuando algo no es recíproco se convierte en algo desdeñable o peligroso o muy peligroso.


3.


Todo fue bien, muy bien (helados, alcohol, hamburguesas, salsa) hasta que ella se enamoró de mí y yo de ella no, sino de Renato.
Renato era un dios casi humano, bastante omnipotente (un acércate y yo ya era agua; un te quiero simple y neutral y la luz ya me evaporaba las lágrimas de tocino o saliva), era ciertamente omnipresente en mi mente humana: un quinto de ternura, un quinto de sexo, un quinto de individuo, un quinto de obsesión y un quinto de intensidad, pura y dura, casi obscena. La unidad de mí misma, la unidad de su unidad y mi unidad, la unidad de su unidad, mi unidad y la de ella.
Ella (Luna Henríquez) también tenía una mente humana (la de él, nunca la desciframos, puesto que Renato era una pirámide de glande delicioso e interior secreto y muy peligroso…) y esto era lo primero que vimos que teníamos en común. Ella, además, el apetito sexual lo tenía característicamente desarrollado, aunque esto no significaba ninguna carencia para su lado tierno, obsesivo, temporal, enredado.

Yo era fan de ambos, y no se daban cuenta: rivalizaban por mí como si fuera un caracol de oro. Yo era el Sócrates que elegía la cicuta y ellos esos dos atenienses fanáticos que aún creían en mí… Yo era Dionisos, ellos los sátiros que violan ánimas y vulvas en el bosque.
Pero los tres éramos iguales. Cuando yo recibía anónimos en mi cuarto de la residencia del tipo “cantas muy bien” o “te echo de menos porque nunca te he tenido, a ver si sucede hoy” sabía que ellos sentían por mí lo mismo, y por eso rivalizaban, porque en esta vida la lucha es una constante y la comedia y el drama van unidos de la mano como tristes siamesas del color del azafrán asiático, la comedia y el drama van unidos como manos en una ciudad en guerra.

Luna era una inmigrante que vivía en Lawrence, Boston, Massachussets, América Europea, desde los seis años, con lo cuál escribía el castellano como una niña de seis años y el inglés lo dominaba como una inmigrante que vivía en Estados Unidos con alegría y un poco de resentimiento hacia el universo en general.
Llegué a mi escuela-residencia y nadie me hizo caso: me fui a mi cuarto y estuve sin salir horas que fueron minutos, pues al miedo lo mismo le da hacerme el tiempo algo ligero que hacerme el tiempo un laberinto intocable de esperas y soledades.

Al fin salí de mi cueva sin calefacción y conocí a una francesa anoréxica que ya había visto en el aeropuerto y nos fuimos las dos a hacer turismo por la Ciudad de los Parques Públicos. Así, de aquí para allá, compartiendo habitación con una turca superdotada y estúpida y dos tailandesas estúpidas, gasté tres fríos días hasta que comenzaron las clases.
Todos éramos nuevos. La mayoría, a parte de sacar una carrera, quería emborracharse cada noche y ligar en los lavabos y hacerse carreras en las medias o ensuciar los calzoncillos de lujurias poco más que adolescentes: yo no era menos y así estuve dos semanas, divirtiéndome pero sin convencerme, entre baldosas, lagos, los brazos de un venezolano, los brazos de un turco (enemigo de la turca que vivía conmigo), lecciones y compras en los malls, donde una podía conseguir ropa de marca a mitad de precio y jabones de kiwi.

Entonces un miércoles (los miércoles había entrada gratis al Museo de Arte Moderno) mi pseudo-amigo colombiano Camilo me dijo me dijeron que el Museo de Arte Moderno está chévere, ¿te vienes? Y yo, pues bueno, vale, vale. Me presentó a su nueva amiga Luna. Hola, encantada, dije yo mientras íntimamente opinaba que era seguro la típica snob guapita y qué carajo hacía esa morena guapita con Camilo, un treintañero, normalmente, asqueroso. Me preguntó mi nombre y dije Eva, puso una sonrisa astuta que parecía ensayada en un teatro de esos gratis y me dijo que tuviera cuidado, que mientras viviera en esta escuela-residencia el pecado me perseguiría como un ardiente radical. ¿De dónde eres? y yo le dije que de España. Y tú, ¿qué haces en esta escuela-residencia si hablas perfecto el inglés, Luna Henríquez? Realmente era una buena pregunta, tenía verdadera curiosidad. Me susurró soy de Santo Domingo pero vivo aquí, trabajo en la secretaría, ¿no te has dado cuenta? Le dije que no, y entonces me di cuenta de que, aunque vestía impecable, las suelas de sus zapatos estaban rotas.

Este fue el primer y descuidado contacto con Luna Henríquez. Lo cierto es que, de tan hermosa que era, me olvidé de ella, y cuando pasaba por delante de la secretaría para entrar en mi aula o en la cafetería no me fijaba en sus ojos cruel y lascivamente clavados en mis ojos medio dormidos. Más tarde me lo confesó todo (cuando se acercaba el final). Y yo, si acepté su propuesta de “ir a dar un paseo por Harvard las dos solas y torear unas tiendas muy chic” no fue por aburrimiento sino por educación y por supuesto no podía sospechar que Luna Henríquez y yo jugaríamos a pinchar con las uñas largas nuestras válvulas tricúspides, hinchando de nuevo gozo el corazón y la vida.



4.


Una vez conocí (reinaba la noche, y por esto la extravagancia del sujeto) a un hombre que, en vez de beber Vodka o Martini como hace todo joven bien entrenado en el arte de triunfar discotecamente, bebía perfume -engullía primero agua y luego gotitas, mínimas, sutiles y casi insignificantes y patéticas de perfume, en especial Chanel Número Cinco. Era muy divertido besarle y comerle la lengua, porque su sabor era el de cuando te tragas sin querer, o queriendo, cada uno a lo suyo, la espuma que resbala del flequillo enjabonado. Eso sí, lo peor era su fragancia natural e íntima, puesto que después de hacer el amor, o hacer el odio, que esto no es un hecho objetivo, yo esperaba a que se le evaporara o escurriera el Chanel Número Cinco, como efectivamente ocurría, y entonces descubría asqueada que el olor de su piel no era tan agradable como su colonia, desodorante y refresco, y mucho peor que oler mal, no olía a nada. Y eso de practicar el sexo con un puñado de voz, carne y huesos, todo bien atadito, que huele a vacío, es muy muy frustrante, le hace pensar a una que quizás el acto haya sido tan vano que no produce ni lágrimas ni sudor ni nada ni fluidos. Este hombre se llamaba Renato Testa da Lima, y cómo iba a saber yo que, con el tiempo, se convertiría en un algo importante y que perdería, una y otra vez, la virginidad con él durante los meses de Septiembre, Octubre y Noviembre hasta que se segregó de nosotros miel y manteca: mi cuerpo relleno de su cuerpo, la besamel, la mostaza, las lagrimillas bajas en calorías y cantidad.

Esta es la forma poética de expresarlo. La poesía permite desvariar y hacer metáforas que le hacen al lector creer que todo era bello en esa historia ajena. Sin embargo, hay que leer entre líneas: si digo que el pobre no tenía olor a nada, al principio, las primeras veces, probablemente quiero decir que su mente era tan insípida que su boca pocas cosas memorables o tiernas vomitaba; si digo que estando con él lloré todos los días, quiero decir probablemente que algo fallaba en nuestro ya intocable y problemático amor.

¿Qué fallaba? Cosa? Uno, él no hablaba. Dos, yo no escuchaba. Tres, nos odiábamos incondicionalmente. Cierto temor y orgullo interno nos desgastaba. Fuimos cobardes y viscerales como ratas en inundaciones subtropicales.
Él sabía de muchas cosas, pero no quería conversar conmigo. Yo quería un hombre que fuera diseñador gráfico en Milán, un artista, o un músico, su hermano Andreas era diseñador gráfico en Milán, desgraciadamente Renato era Renato mi prometido y Andreas era simplemente Andreas.
Él quería además una mujer que se callara y que asintiera y que fuera adivina para leer sus pensamientos, que fuera geisha y bailarina y guarra y que detestara los niños, que amara los boxers hembra, de color negro. Desgraciadamente yo no fui a la Escuela de Magia para la Comprensión de Ermitaños (EMCE), y mis hipótesis no solían servirle. Además, Carolina me pareció un nombre hortera para una perra boxer negra.

Pero a pesar de todo, nos queríamos brutalmente desde que nos vimos hasta que no nos vimos porque el avión volaba más rápido que el amor; a pesar de todo, la obra de arte es una imitación bastante barata de un mundo sujeto a convenciones (teoría aristotélica de la Mimesis, teoría de la luna reflejo de su fuerza, teoría de Renato de que a veces somos no mucho más que lo que conseguimos proyectar, es decir, no existo si no me imaginas o comprendes); a pesar de todo, él era el kuros de mi ideal, él no era un kuros perfecto, él era una persona con la cuál podía mirarme a los ojos sin sentir vergüenza, es decir, era un kuros transparente fabricado a base de mis propios vicios y virtudes… La misma persona al fin y al cabo, Renato y Eva al final fundiéndose en el cabo de ese viaje, al fin y al cabo, dos almas mellizas y dos cuerpos opuestos, dos estatuas en un entablamento, diecisiete centímetros de hondo y de largo en un mismo espacio casi líquido (algo imposible para los que no creen que dos personas, juntas, puedan ser una o ninguna).

Está comprobado que el equilibrio es imposible cuando hablamos de amor o dictadura. Es todavía todo más caótico si introducimos un elemento de conflicto. El azar hace que este elemento de conflicto se introduzca por sí mismo, incluso puede suceder que el elemento supuestamente de conflicto sea de conflicto sólo al cabo de un tiempo: pastilla efervescente, bomba de cronómetro, eyaculación lenta, nuestros días están llenos de cosas que desafían el tiempo, desafío perdido pues nos matará seguro. Cáncer, pena, qué más da. Nos matarán seguro los Minutos, kamikazes de Dios según los estribillos de Ricardo Arjona, un mejicano de la Newbury Street.


5.


El número tres es un dígito sagrado desde la Antigüedad. Tres es símbolo de sobriedad, medida justa, proporción. Tres es el número de los dioses y tres lados y tres personas tienen los triángulos casi amorosos.

Estaba hablando con Luna, ella en la secretaría, yo en la barra, eran las doce de la noche y sonó el timbre de la residencia; como Luna trabajaba en la secretaría, se levantó y pulsó el botón que abría la puerta automáticamente. Entró un espectro y todas las mejicanas se quedaron maravilladas mira ese guey qué lindo es. El espectro que llevaba dos maletas rojas avanzó el pasillo, me giré y lo vi avanzar el pasillo como un Elvis drogado, reventado, y le dije a Luna qué bueno que está y Luna me dijo ese es italiano o español, va a ser mío (Luna Henríquez tenía un amante que se llamaba Stéfano y se consideraba por este motivo experta en italianos).

Se levantó de su silla, iba con falda esa noche, Wellcome to EF Internacional, I’ll show you your room, I’ll give you your identification card, tell me your name, please... and the speciality you are going to course. Me fui a la cama y Lunita subió las escaleras con él, amable y cumpliendo con su trabajo hospitalario (ay Dios si yo hubiera sido recibida así, lástima que llegara en horario de día y ella durmiera hasta la noche). Al día siguiente me encontré a Luna en la cafetería y me dijo que se había encontrado al tal Renato (que era de Florencia) en la cafetería, que resultó ser un maleducado y creído y que no la había dejado ayudarle con las maletas. Ella le dijo “estoy aprendiendo italiano, podemos conversar en italiano, te sentirás como en casa” y él contestó “no sé inglés y necesito aprender inglés así que háblame en inglés”.

Estas fueron las primeras y banales desavenencias entre la que era mi mejor amiga y el que iba a ser mi mejor amante: un desastre morboso, un desastre, un desastre…

Según Henry Louis-Mencken, un cínico es una persona que, cuando ve flores, busca un ataúd alrededor. Según una canción pop de los noventa, un cínico es una persona que ríe entre lágrimas. Es cierto. Renato hacía como que no sabía, decía las crueldades con una sonrisa horrible, hipaba y lloriqueaba con tal desgana y tal teatralidad que parecía que disfrutara de mi recogimiento claramente impotente... Por eso hay que saber llegar a los cínicos, hace falta buscar el cinismo en uno mismo para tratar de comprender. Burlarse de la desdicha, recrearse en lo ambiguo y abrupto, ser morboso, ser un desgraciado, y no tener fe es imprescindible, ser sádico es recomendable.

6.



Francamente, sólo me apetecía dormir, y no me hice la dormida para provocarle, sino porque tenía sueño y quería forzarme a soñar.
Fue en ese intervalo de milagro entre la vigilia y el sueño cuando noté maravillosamente presente el fervor de su cuerpo y su olor: anís, sudor, azúcar calcinada, ventana abierta de estío, ducha cerrada. Si a este perfume le sumamos las descargas eléctricas de su cabello negro diabólicamente apenas engominado y las gotas de mi fluyo durmiéndose en nosotros unidos, habrá que decir que el ambiente era el de una noche de sexo.

Pero, como digo, yo pretendía dormir, y no porque estuviera agotada como he insinuado, sino porque tenía miedo físico a ser incluida en él, a ser fanáticamente penetrada, a que mis aventuras en Francia con Adriano no hubieran quebrado mi himen, a que mis lágrimas se resbalaran por los gemidos y el rostro del hombre que yo comenzaba a rondar… Vergüenza me da ahora haber tenido tanta vergüenza…

Ahora, en la distancia del tiempo, de los acontecimientos y de nuestras emociones, no entiendo cómo no pude follármelo: él me prometía ir piano piano, me prometía no atajar, me prometía cenarme entera y no dejar un centímetro libre de mí de su lengua y vibración.
Pero yo desconfiaba, sólo porque era viejo y hermoso, sólo porque su acento me enloquecía, sólo porque el día anterior, llorando como un niño arrepentido, me había dicho que me amaba, aún no existiendo razón o idoneidad en ello.

Entonces ocurrió lo imprevisible, y quiero decirles que, aún hoy, recordándolo, tiemblo como una flor tenue.
Renato, imagino que desesperado por darme un placer que yo rechazaba por pudor e inexperiencia, me abrió las piernas, me dijo unas palabras que guarda celosamente mi subconsciente y me suplicó, me suplicó, me suplicó que abriera yo las piernas por mi propia voluntad. (En aquel instante yo entendí que esas semanas que habíamos gastado juntos, paseando entre los rascacielos, besándonos en los trenes y restaurantes, buscándonos por las mañanas, compartiendo ropa y banalidades, habían desembocado en un amor incontenible: él me amaba, dispuesto a llorar, lo que para él era la muerte, y yo sólo podía quererle levemente. Pero ahora -de nuevo el ahora, el lejano y pesaroso ahora de lo irremediable- sé que le amé con todo mi ser, pero no pude dárselo, pues estaba asustada de mi intensidad y de todo lo relativo al par esperpéntico, fashion y desamparado que formábamos Renato y yo, perdidos en un Boston cruel y pardo. )

No pude abrir mis piernas, pensé: soy horrible. Pensé: no le quiero. Pensé: no estoy mojada. Pensé: tardaré mucho en correrme y me odiará. Pensé: ¿por qué me adora? Pensé: este tío esta chalado.
Y no pude abrir las piernas.

Renato no se rindió y me cinceló caricias inadmisibles (el famoso punto G existe). Finalmente, me separó a la fuerza esas piernas nevadas y, probablemente, sin depilar, y a continuación, con ganas y talento, me besó. Tuvo a penas veinte o treinta o sesenta segundos para besarme y (dios mío) morderme, entonces grité: ¡nou! ¡estop! Lo veía ahí escondido, cavando y rastreando, y me reía, y me iba deshaciendo, y me ponía a retemblar como un flan fundiéndose en los labios secos y rosas de un tío bueno, mi tío bueno particular, Renato Testa da Lima, verdugo, víctima y amor mío.

Por fin me dejó en paz, abatido, sin haber conseguido nada. Cómo quieres que te quiera en veinte segundos, me dijo Renato, enfadado y desconcertado, por qué no me dejas de una vez hacer lo que quiero hacer, me dijo, extrañado de que yo no quisiera disfrutar gratis.
Sin embargo yo, en mi mente, rugía de alegría, porque durante nada, veinte segundos, una eternidad, había gozado, en contra de mi estúpida voluntad, de esa boca que era más mía que suya, de esa boca perfecta, alineada e italianamente grave y melódica.

Esa boca me explicaba con ternura y devoción you are crazy, but ti voglio bene.
Por supuesto no se atrevía muy habitualmente a decirme I love you pues, según él, yo le miraba como si fuera un terrorista si osaba hablarme de amor.
Lo cierto es que yo creía que me tomaba el pelo y me divertía con sus típicas comedias: oh, por qué me tienes rrrrabia, pequeña, por qué me odias. Todo esto mientras nos besábamos.



7.


Esa noche fue memorable. Aunque es probable que esa noche la perciba yo como gloriosa porque seguramente habré recopilado todos mis recuerdos y los habré reunido en esa noche, esa noche memorable. De haber echo fotos, las tendría en mi mesita de noche. Colección privada de iconografía erótica –o pornografía según para qué ojos-. Muestrario privado de filtros y trucos. Compilación íntima de posturas y cubanas y mordiscos.
Pero dudo mucho que se pueda hacer fotos de sentimientos, sollozos y demás detalles escabrosos de un amor, por aquel entonces, en construcción, y actualmente, disipado por kilómetros, minutos y otros rostros de otras personas ajenas a esa noche memorable.


Me dormí en la postura del feto ñoño y cansado, Renato se acopló a mi ovillo (muchas veces, cuando me sabía fingiendo que dormía, me susurraba teatralmente ¿quieres que hagamos un amor, pequeñita? Y recuerdo... aquel día tempestuoso internados en la sala de lectura. Me pasó una nota, después de haber discutido sobre alguna trivialidad: do you want to make oral sex with me? Y se sonreía espantosamente irresistible, cínico y travieso...), me moví incómoda, Renato abandonó sus manos en algún rincón redondeado de mi cuerpo, por ejemplo, el pecho, plantó también su mandíbula y su aliento en mi cuello, mis bucles habiendo sido ya debidamente apartados de la erizada y salivada nuca.
Me desperté definitivamente y quise, por fin, hacer la primera (y última).

Se tumbó mirando el cielo de la litera, me coloqué encima como si fuera a montar un caballo, Renato se calentó rápido, o quizás nunca dejó de estar caliente, yo me esmeré en cada movimiento.

El aire estaba enrarecido: aún no se habían secado los gemidos de hace un rato. Me pareció por un momento que mi florentino era un demonio demasiado sexy, y me besaba con tal arte que cada labio común nuestro era como una historia diferente.
Me dijo ¿estás segura? Y contesté, casi carcajeándome, nunca antes lo he hecho, Renato. Enséñame. Y me dijo, ya te iré diciendo.
Entonces, se abandonó, se alargó, se encogió, y volvió a su tamaño natural e ideal: estoy segura de que cualquier pintor lo habría contratado como modelo, porque estaba bellísimo así, expectante, dormido, desmantelado, conmovido, ausente y envuelto en la oscuridad del cielo de la litera que él ya no podía ver, porque tenía los ojos entornados.

Lo siguiente fue tal y como lo había previsto: me había informado minuciosamente, aterrada ante la típica turbación de quedarme en blanco y vaciar nuestra habitación de placer.
Lo agarré y me lo comí apresuradamente, como temiendo que explotara, y lo más divertido fue la misión de equilibrar lengua, labios, mano y corazón, dividido como siempre en tres trozos desordenados: ganas, contemplación y fervor rozando el miedo de qué pasa si nos enamoramos de verdad, de verdad, ya sabes cómo…

Me pareció que la ciudad se había apagado de repente y únicamente podía escuchar nuestra especie de alianza. Renato muerto, yo viva, Renato, por una puta vez, quieto, y yo, en contra de mi costumbre, movida.
Me susurró para y paré, me preguntó ¿estás segura de que es la primera vez que lo haces? yo le contesté sí, cómo no voy a estar segura, y él me dijo no me mientas, no puede ser la primera vez que lo haces, yo me reí en mi interior y se me escapó un poco de risa al exterior y le dije, Renato, te lo prometo. No tuvo más remedio que creerme, porque en mi Renato, te lo prometo, iba incluido un Renato, no sabes cuánto te estoy queriendo, y creo que es por eso que el pobre no tuvo más remedio que creerme.



8.

Un dicho italiano, precisamente, recita: los besos son como las cerezas, uno lleva a otro. En nuestro caso, en un principio, eso no iba a poder ser. Francamente, sólo me apetecía dormir, y no me hice la dormida para provocarle, sino porque tenía sueño y quería forzarme a soñar...

Renato estaba desnudo y debió pensar que lo justo sería que yo también me desnudara. Así que así, en un principio, íbamos a dormir, desnudos pero velados por esa fina sábana como de hotel y por nuestras piernas (las suyas, entonces me di cuenta, también a medio depilar).
Era delicioso dormitar con esa tensión de haber comenzado y no haber terminado, de haber confesado algunas cosas en ciertos momentos de límite, de saberle disgustado, perturbado, exasperado, agotado y, tal vez a su pesar, enamorado de alguien como yo, tan diminuta.

Adán era Renato, le roí la yugular y sabía a manzana, me di cuenta de que estábamos vestidos con pétalos secos, brincando en un edén blanco...

Me despertó un abrazo violento ventoseándome la cintura y noté que quería que fuera suya. Me elevó, nos colocamos en esa postura de Hollywood (esa en la que Ken posee a Barbie en la mesa de la cocina y ésta chilla Oh Kenny I’m so hot that I’m coming, I’m coming, I like it when you shake it like a gigoló, I’m your biiiiiiiiiittttcccchhhhhhhh) y supe que no podía resistirme porque sentía mis brazos flojos y mi pelvis ávida de baile y mi cabeza vagando en una dimensión anónima. En esos intervalos de milagro entre el sueño y la vigilia mi corazón era una máquina que chirriaba a punto de morir.

Como no, nos besamos, a duras penas, despreocupadamente, ahora el olor a cerrado era aún más intenso. Renato, mientras yo dormía, se había puesto una camiseta blanca sin mangas. Había intuido que podría rasparme su torso mal rasurado.
Me senté en la almohada, me golpeé el cráneo con el cielo de la litera, todo se volvió negro, todo menos la luz de su mirada goteando directamente sobre toda yo. Mientras tanto abrí las piernas, por fin, sin que él me lo sugiriera.

Magia: no sólo la ciudad y las vistas de nuestro ventanal desaparecieron, sino que todo el mundo, para mi, fue eliminado por su sonrisa de divo. Todo oscuro. Absoluto, munífico. Todo nocturno. Todo convergía en él y en lo que yo sabía que iba a hacer conmigo. Todas las partes de mi cuerpo tiritaban de pánico y, al tiempo, querían recibir el ritmo.

Descubrí, acariciándole, dos cosas: una, que su piel era suave, dócil y como núbil y dos, que se había colocado los slips negros, pijos y ajustados, sin yo darme cuenta. Mientras yo dormía. Él hacía cosas mientras yo dormía.



9.


Renato, que como ya he comentado era mi amigo, mi enemigo y mi esposo ilegal, haciendo uso de su piel suave y juvenil, de su labia lasciva, desarraigada y romántica y del poder de su cuerpo moldeado, me cogió casi literalmente y yo no sé qué pasó, qué ocurrió, cómo floté o cómo me fui o si me quedé allí.
Me estampó contra la pared, me abrazó y me volteó, me volvió a tocar, tentar, tantear y estuvimos así luchando un tiempo que fue un paraíso de gimnasia.
Me estampó contra la pared de tal modo que no pude evitar… gimotear.

Abertura, matriz, vulva, ombligo, codos que se incrustan. Y la pared amortiguando con su fuerza mi potencia y convulsión. ¿Por qué de pronto la Tierra detonaba mi conciencia? El ruido era despótico y, a cada segundo, un pequeño silencio se dedicaba a separarnos... juntarnos... separarnos... juntarnos...


Nunca he gritado, ni suspirado tan fuerte como para llamarlo ruido: siempre, haciendo uso de la ya nombrada vergüenza mía, he silenciado mis corazonadas y mis palabras de cariño, como si tuviera miedo a parecer alguien normal y no ese alguien superior, recatado y elegante que pretendía, a veces, en brazos de algún otro mortal masculino.

Pero Renato me clavó a la pared, yo sentada, él inclinado, hicimos un nudo e, intentando desatarnos, hicimos el amor con ropa.

Pero Renato sabía a cerezas, y no pude evitar gritarlo, y fui consciente de que gritaba, me liberaba y decía versos y onomatopeyas que no podía frenar ni imaginar en otro contexto.
Y esos sonidos se me han olvidado, porque sólo existen cuando me convino con Renato, cuando mezclo nuestros cuerpos, porque sólo mi odiado y venerado amor y yo conocemos ese enardecido lenguaje santificado…
Fue en ese intervalo de milagro entre la vigilia y el sueño cuando noté maravillosamente presente el fervor de su cuerpo y su olor y el hechizo que creábamos cuando nos juntábamos.
Mientras dormía yo me hizo algunas cosas que no recuerdo. Porque estoy segura de que Renato me hacía cosas, algo, se metía, me sonsacaba, me usaba y seducía, hipnotizaba, penetraba mientras yo dormía. Soñé que al final nos entendíamos. (Nos odiábamos y amábamos a partes iguales: erramos, éramos un ying y un yang corrompidos por el ímpetu y las ganas de querernos, perdidos en la jungla de avenidas extranjeras, enclaustrados en una residencia donde estudiábamos gramática inglesa, política, economía y técnicas amatorias, curas para el alma de seres como nosotros. Nos odiábamos y amábamos a partes iguales. Cuánto duraría este cielo-infierno. Cuánto le amé, ustedes no lo entienden. No sabrán nunca emborracharse bravamente, como Renato y yo hicimos inconscientes, con cócteles explosivos.)

Y cuando desperté con un abrazo violento que sitiaba mi cintura intenté paralizar mi corazón y abandonarle. Desgraciadamente lo conseguí.



10.


Cuando te salen de los ojos serpientes que se nutren de tus lágrimas para preparar su veneno, quiere decir que probablemente ya no puedes llorar porque crees en lo inevitable.
Esto puede ser un signo de fatalidad y pesimismo y resignación o, por el contrario, un signo insignificante que no altera tus vestidos de colores y tus ganas de vivir o existir, que esto nunca quedó claro… Las tristezas me afectan, pero no tanto como las alegrías. Puedo pasar días y días riéndome como una hiena en una iglesia. Y llorar es un acto sencillo que irrita esa piel alrededor de los ojos que, aun si los lloros se emiten sólo unos minutos, escuece días y días y esas noches en las que nadie duerme.

A veces uno tiene que elegir algo doloroso, y a veces uno tiene que elegir algo placentero. A veces lo doloroso lo elige a uno. En el caso de mi pobre corazón, sucede que él no elegía nada, y era la casualidad o el corazón de los otros, Renato y Luna, esa mujer, los que jugueteaban con los finos hilos o ciclos del destino y los acontecimientos. Sí, era dependiente, de algún modo oscuro, de los órganos vitales de esos dos seres con los que viví y me desviví y me maté esos meses. Cuando volví a casa seguía todo igual o mejor y yo seguía igual aunque un poco mejor y, por suerte o por desgracia, esa dependencia temporal no la he vuelto a sentir jamás, si acaso con los cigarrillos que me lío cuando tengo ganas de pintar un cuadro y no me sale nada porque mi rutina o yo, o las dos, somos tediosas.

Tengo veinte años y desde que tengo conciencia me he sentido violentamente atraída hacia los cuerpos maduros. La imagen mental de mis brazos blancos, lisos, muslos, cintura, reuniéndose con los envejecidos y curtidos a base de horas y quemados miembros de otros seres inevitablemente mayores que yo, siempre me ha apaciguado, inspirado y provocado los placeres más solitarios y naturales…

"Enamoramiento: algunos eruditos o adolescentes lo empiezan a definir como proceso, mas yo directamente lo llamaría, sin reparo, invasión total. Me siento como un agujero de una flauta dulce siendo sofocado y empujado para que florezca la melodía. O acaso como un perro que, a la llegada de un bebé arrugado y hermoso, ve restringido su espacio emocional hasta el punto del ladrido y el bocado.”

Renato me encerraba en un halo de ilusiones, a continuación, me empotraba contra la pared pastel, acto seguido, me abría las piernas con la destreza de un abridor de piernas y, para finalizar, no, no me fornicaba como dirían ustedes: me introducía sin permiso, violento y familiar, un instrumento que se prolongaba hasta el corazón. Mi corazón entonces era abrazado con esta especie de tenaza y se rendía al amor, manufactura de empujones y madrugadas de luna vacía, interrogantemente mística y carnal.

Cuando lo amaba tanto, tanto, tanto, me era imposible besar a otro en mis fantasías. Pero iba a ratos, porque los días que lo amaba un poco menos, podía besar incluso a mujeres… Luna.

En estos pensamientos filosóficos o pubescentes, me enfrascaba esos días en las clases, en la biblioteca, en el metro (qué exacta me sentía, Luna me empujaba a ello) y, a decir verdad, esta emoción de pasión se repitió bajo el influjo mágico de distintos hombres, aunque está claro que cada uno de ellos tuvo el privilegio o el talento de erigir un detalle original que lo desempataba del resto de los hombres que usé. Pero Renato…

En el transcurso de mi vida besé y tanteé y tantas locuras, ay, con gente especial, lejana, morena, incluso polaca; no obstante, la diferencia de edad no era tan genial como en mis fantasías (dos, tres, cinco, un año más que yo a lo sumo) pero la profecía (esa profecía dibujada a fuego lento en mi cutis desde que fui forjada en el sur de España) se cumplió irremediablemente cuando rocé los diecinueve y fui desvirgada, esta vez emocionalmente, por Renato. No podría decir que es único en el universo ya que existe (o existió) un hombre idéntico a él inmortalizado por Tamara de Lempicka en el retrato inacabado de su trágico amante. Como ustedes pueden comprobar acariciando esta pintura, Renato y su clon artístico eran (o parecían) economistas caucásicos sin trabajo y con desmedidos corazones desarraigados, de sex appeal nivel ocho o nueve sobre diez y flemáticas, frías, celestes miradas cosmopolitas. Un completo Rodolfo Valentino pero mucho más depravado y encantador.

Cuando me estaba enamorando de él (quiero decir durante el proceso-hoyo en que iba cayendo irremediablemente en su suave lienzo de tarántula que ya he comenzado a describir), sentía hervir en mi más gelatinoso rincón el temor de ser incomprendida: miedo típico e, indudablemente, justificado. Pero cuando ese temorcillo se evaporó definitivamente fue cuando me dijo que había tratado de traducir del francés al español el tormentoso y siempre delicioso "Lolita". Ah, qué placer, qué alegría descubrir que había leído esas páginas: por demencia que fuese, me dije a mí misma que si este góticamente atractivo economista conocía lo que es la prosa enfermiza y perfecta, la palabra correcta, el sexo enojado y la hermosura de una ninfuela con gafas de sol marca Nabokov, la cosa (nuestra cosa) no podría ir tan mal.
Sin embargo, pensando así me equivocaba, porque Renato me llevaba diez años de ventaja (en camas, en experiencias, en prohibiciones): esta relación, desde el principio, se arrastró con pocas perspectivas de echar el vuelo, de parar el avión que se iba demasiado rápido.

Tengo que decir que cuando me estaba enamorando de él, hervían en mí gelatina amarga y temor a una tragedia rusa… pura, ruda, desconocida por todas mis vecinas y mortal. Y cuando Luna, la bruja secretaria, jugueteó con su tarot aquella noche escarchada de Octubre me recorrieron las ingles y caderas escalofríos de tristeza: las cartas decían que el economista y yo seríamos más o menos felices en algún país estable y verde. Pero en la bola de sus ojos sentí que las cartas, como siempre, mentían.

Supe entonces dos cosas. La primera, que los humanos escriben su futuro. La segunda, que Renato y yo éramos una terrible excepción, porque en alguna pesadilla vi como uno de los dos moría.

Pero yo sigo viva.

11.

Francamente, sólo me apetecía dormir, al día siguiente partía hacia Madrid, tenía ganas de que el mundo, como la Galia, se pudriera y explotara en tres o tres mil partes insalvables. Me sentía triste. Tan triste como un melocotón lleno de polvillo blanco, como un olivo cuyo aceite nadie bebe, como un ciprés alineado y abandonado, esperando la eutanasia, en un cementerio de césped fresco. Había discutido con Renato. Un cuchillo lastimándome la piel, lo sensible que había en mí. Sentía y no sentía, demasiada información. Había tirado por el inodoro del baño común sus regalos (la esmeralda también, y por supuesto sus cartas) y había cortado sus fotos con unas tijeras que encontré en su estuche fosforescente. Se puso furioso, y yo también, le pegué una bofetada, me sentí un bebé y me fui (no volví, ni siquiera me despedí, el avión voló más rápido que ese amor que dejamos ahí, a medio hacer). Un cuchillo hundiéndose en mí y recordándome el olvídate de mí. Había discutido con Renato, Luna me insistía en que hiciéramos una despedida digna, de pronto, hubo una fiesta sorpresa para mí y yo había discutido con Renato, en tres meses habían ocurrido demasiadas prosperidades, ímpetus, vigores, cosas, me iba ya y no sabía si quería reconciliarme con Renato o dormir esa última noche con Luna Henríquez y no quería volver a tener pesadillas nunca más y no paraba de decir gracias, gracias, estaba muy conmovida por la fiesta y por su ausencia.

Fue en ese intervalo de milagro entre la vigilia y el sueño cuando noté maravillosamente presente el fervor de su cuerpo mulato. Luna me raptó, según me dijo, estaba harta de ser sólo una amiga. Ese chico no te merece, y no sé porqué, en este instante, me acordé del sabor de las palomitas, me acordé de esa noche en la que me robó un beso y yo no protesté porque era su admiradora más sumisa, me acordé también de Harvard, del autobús, de la manifestación, las elecciones y las Dixie Chicks con su Landslide de country, me acordé de todo… (Nota de cinismo: Luna Henríquez me lleva a su cuarto -yo sé que en ese cuarto se ha acostado con la mitad de los estudiantes- y me tumba en la cama y me dice vamos a ver Frida Kahlo. A mi me parece bien aunque ya la he visto dos veces. Me parece bien porque todo me da igual con tal de estar con ella, es mi última noche, aún no sé qué siento por ella, Renato me odia, yo aún lo quiero, me siento tan triste como un cuervo negro. En un momento me pongo a llorar y ella, mi musa dominicana, me graba con su cámara de video y estoy segura de que esa maldita cámara de video me engorda tres kilos. Su cuarto es muy bonito, es más grande que el de Renato y que el mío (el cuarto que compartíamos era minúsculo y demasiado blanco) porque ella tiene uno de los cuartos especiales para los trabajadores de la empresa. Todo me parece bien. Me da mucha pena que Frida se muera. Pierde un hijo, y es impresionante cuando baila con esa rubia. Entonces me acuerdo del cumpleaños de Luna, fuimos a una discoteca latina llamada Sofía y Luna bailó con todos menos conmigo.)
Pero todo significa todo, lo bueno y lo malo, el aburrimiento y la intensidad, las mentiras, los celos, todo, Renato y Luna y todo, no olvidé ni una caricia.



12.

Cuando Luna y Cristina me llevaron en coche al aeropuerto yo estaba serena y me estaba acordando de la noche anterior (esa noche en la que, después de ver una película sobre una pintora y su relación de amor-odio con un muralista un poco como Renato, había dormido con Luna) y una nostalgia inconsistente, molesta, me agarrotaba la garganta.

Cuando llegué a Madrid y me cobraron tres euros por un zumo de naranja rompí a llorar, porque mi corazón, como el Mundo, al menos yo lo sentía así en esos instantes grises, se hacía de personas y un poco de yeso o agujeros negros y todo estaba lejos y perdido y demasiado lejos.

El sideral tan grande es a veces oscuro, como cierto vello, a veces blanco, como cierta agua, como cierto cuarto, a veces está vivo y tiembla cuando siente que alguien se siente solo.
El primer paso del discípulo ha de ser reconocer la propia ignorancia, la inmensidad, lo inabarcable, irreducible, navegable a duras penas.
La reconozco, la reconozco, ya ni me duele. La ignorancia suele ser dolorosa, punzante, para aquellos que intuyen, haciendo un uso bello de la poca gracia y lógica que pueda salvarse de esa inopia, esos vacíos interminables, esas vivencias irrecuperables, esos números, misterios matemáticos, ignorancia, ignorancia.
Pero qué si esa ignorancia es terca y tanta que no admite su carencia. Qué si la ignorancia es algo placentero. Qué si es algo preferible.

Ya estoy en Madrid, cuánto ha pasado, cinco meses, mi vida es la de antes o igual un poco mejor porque yo soy un poco mejor o eso parece.
Luna ha desaparecido, me dio una carta para que la leyera en el avión, y me dijo que me quería como a nadie había querido; a los dos meses recibí unas fotos preciosas de su boda con el maldito Stéfano en Siena. Al otro lado del mar de nueve horas, Renato ha conseguido un trabajo, dice que es un business man, pero yo sé que sólo es un economista que una vez una pintora de esas que triunfaban en su época, Tamara creo, la de collares largos de perlas y ojos en blanco y desdeñosos, inventó en su paleta de plástico.... Renato y yo hablamos de vez en cuando, no lo olvido, no me olvida, las peleas son algo reprochable pero no nos ponemos de acuerdo porque la enfermedad de la cobardía no se cura tan fácilmente y no viene y no voy y no nos decidimos a casarnos porque el matrimonio es una mierda y es todo tan complejo y no podríamos convivir, aunque lo quiero tanto... Qué le voy a hacer si ese hombre sigue y sigue y no se marcha nunca, aunque sea en la distancia. Es un business man, qué esperabas.

Aún así, Madrid es una ciudad agradable en Febrero porque en el mercado los gitanos me venden bragas y a mi todo lo esperpéntico me recuerda a Renato aunque Renato nunca haya pisado Madrid.

13.

Andreas Testa da Lima me llama y yo no sé quién es ¿quién eres? Me dice que es el hermano de Renato, me dice que Renato ha muerto, me dice que de cáncer, por supuesto, leucemia. Mi sangre, su sangre, una fruta abierta. Venas, arterias, capilares, respiración de células diminutas, con diminutos corazones y suaves átomos de tumor.

(Releo la última carta de Renato, yo le mandé una canción en castellano, me llamó ¿qué significa la canción? Y yo le contesté que no lo sabía. Y él me preguntó ¿tienes edad para hacer el amor conmigo? Y yo le contesté que sí, que sí. Entonces a la semana fue cuando recibí el telegrama, chiquitito, chiquitito, tu lo sai que io ti amerò pero sempre? Y lo llamé ¿y tú lo sabes, que yo también te querré? Me dijo que si no fuera porque iba a morir de cáncer querría que viviéramos juntos, yo me reí, por supuesto, una broma o mentira o frivolidad más de mi estúpido italiano, y Renato me dijo, como siempre, ¿por qué me tienes rrrrabia, pequeña? Luego pensé que seguramente se estaría riendo a carcajadas. Piccolino…)

Andreas Testa da Lima me llama otra vez, se había cortado, ahora sí que lo he reconocido, odio el mundo, odio la muerte, odio mi cuerpo porque es insuficiente, una llamada por la otra línea y es Luna Henríquez, que si me viene bien ir a Siena en Octubre, que si me gustaría visitarla en Octubre, más o menos, ya me avisa, dice que quiere que sea la tercera persona que conozca a su hija Carolina.

Monday, January 02, 2006

All I want for Christmas is ... you!



and you and you and youuuuuuuuuuuu

Chatos, el PHOTOSHOP hace MILAGROS


No comment . . .

Match Point (Impresionante)





jajaja AtEnCiÓn a la carita de Pauet ...

Aqui ya empezaba Pau a...
los 4 fantásticos ( Y Christian durmiendo... !!) Jaja

Fin de año

esto era antes de la borrachera (en casa de Annita)

Friday, December 09, 2005


Beni en Hollywood!!! (dos años antes estabamos por ahi juntos, sólo que no en Arnold Gobernator sino en Nicole Kidman ;)

maybe you were right, maybe i was lonely...

cumpleaños felices


bueno, aqui estamos en el tony romas celebrando 1. el cumple de bea 2. el cumple de pau 3. el fin de exámenes, etc.
que bonito!!

Wednesday, November 23, 2005

que romantico!!


Hola! Acabamos de llegar del cumple de Bea... Ha estado genial!!! Anais, Dani, Mariola, Anna y Maria darán detalles... especialmente acerca del regalito de su tío (ahí hay mucho que comentar, sobretodo por lo de la dimensión del muñeco hinchable) Hoy estoy muy romanticona!!! No sé porq será ...........................................................................................
os dejo la foto q os dije de la monjita jijiji

NY


Y bueno... ya han vuelto!! bienvenidos abus y mamá, esperamos ansiosamente vuestras fotos (jajaja ya se q os interesa mucho...)

sarita


recuerdos de sarita desde francia (ya se me ha olvidao otra vez el nombre de la ciudad!! mecachis)

LOREAL




loreal, porq yo lo valgo (sí, es la misma chica en las tres fotos)

una foto del baul de los recuerdos



(es que antes me he equivocado, y no he puesto la foto en cuestión jajaja...)

DANI!!!!!!!!!!! CUIDADÍN CON ESA MANO!!! Q NO SE VUELVA A REPETIR!!!

una foto del baul de los recuerdos

Friday, November 11, 2005

desire



admítelo! no te avergüences! todos tenemos fantasías...

halloween en casa de beita


jajajajajajaj qué locuraaaaaaaaaaaaaa (atención atención)

Thursday, October 27, 2005

algunas fotos cachondas, tontas, cursis o amorfas

ay dani.... que carita de mareao (cumple de blanca)
cualquiera no come pizza si la venden estas chicas!! bueno pizza y lo que quieras!
antes de que esta foto robada sea publicada por mis enemigos, prefiero publicarla yo. en serio, me obligaron, no idea mia, soy inocente hasta que se demuestre lo contrario! just jokin..
consiste en hacerle una foto al techo que es un espejo
como les gusta a algunas hacer el guarro eh? (hay otras mas formales, como yo y como blanca)
a que no sabeis adonde llevan esas escaleras? al baño ! (cumple de mariola)
un robado jajaja
y luego dicen que no fuman sabes?

joven morenazo de la albufera se ofrece para enseñar anatomia (para contactar con el, pidan el movil a la k ha hecho esta web, su chula )
ju! setas de la risa. debe ser eso
ay ay ay que apretujaditos y que calentitos mmm





en la panda goofy... hay de todo

Wednesday, October 26, 2005

lo siento... no he podido resistirme

No he podido resistirme a poner estas fotos.



uh que grande....



contentilla....... xddd


ay lo que hace el vino de los chinos...

+

at quincy market with ozzy

sandwich with junya and dayana
first meeting... at Prudential with Luchita (haciendo el tonto, y q blancos!)
Malibu, Adrien, Emre and I (lol)
otra tiernecita. con luca...

que fea.... jajaja pero la foto es taaaaaaaaan tierna

papi chulo! un remember boston

in roxy disco.... with stefano

jeni, cris, berti and ozan!!!!!! to salem cris, berti and sunny in front of the bus station
o meu ricardihno!
with catia... we were a litttttttttle bit drunk....................................
bus para duck tour
turkish girl with a difficult name, Emre, I, Erdem


Emre, Ricardiño, Cris, Jeni, Ozzy ... Thinking of you, one year after