Friday, September 16, 2005

FRANCAMENTE (ya sabeis...)







Francamente, sólo me apetecía dormir, y no me hice la dormida para provocarle, sino porque tenía sueño y quería forzarme a soñar.
Fue en ese intervalo de milagro entre la vigilia y el sueño cuando noté maravillosamente presente el fervor de su cuerpo y su olor: anís, sudor, azúcar calcinada, ventana abierta de estío, ducha cerrada. Si a este perfume le sumamos las descargas eléctricas de su cabello negro diabólicamente apenas engominado y las gotas de mi fluyo durmiéndose en nosotros unidos, habrá que decir que el ambiente era el de una noche de sexo.

Pero, como digo, yo pretendía dormir, y no porque estuviera agotada como he insinuado, sino porque tenía miedo físico a ser incluida en él, a ser fanáticamente penetrada, a que mis aventuras en Francia con Adriano no hubieran quebrado mi himen, a que mis lágrimas se resbalaran por los gemidos y el rostro del hombre que yo comenzaba a amar. Vergüenza me da ahora haber tenido tanta vergüenza.

Ahora, en la distancia del tiempo, de los acontecimientos y de nuestras emociones, no entiendo cómo no pude follármelo: él me prometía ir piano piano, me prometía no atajar, me prometía cenarme entera y no dejar un centímetro libre de mí de su lengua y vibración.
Pero yo desconfiaba, sólo porque era viejo y hermoso, sólo porque su acento me enloquecía, sólo porque el día anterior, llorando como un niño arrepentido, me había dicho que me amaba, aún no existiendo razón o idoneidad en ello.

Entonces ocurrió lo imprevisible, y quiero decirles que, aún hoy, recordándolo, tiemblo como una flor tenue.
Renato, imagino que desesperado por darme un placer que yo rechazaba por pudor e inexperiencia, me abrió las piernas, me dijo unas palabras que guarda celosamente mi subconsciente y me suplicó, me suplicó, me suplicó que abriera yo las piernas por mi propia voluntad.
(En aquel instante yo entendí que esas semanas que habíamos gastado juntos, paseando entre los rascacielos, besándonos en los trenes y restaurantes, buscándonos por las mañanas, compartiendo ropa y banalidades, habían desembocado en un amor incontenible: él me amaba, dispuesto a llorar, lo que para él era la muerte, y yo sólo podía quererle levemente. Pero ahora -de nuevo el ahora, el lejano y pesaroso ahora de lo irremediable- sé que le amé con todo mi ser, pero no pude dárselo, pues estaba asustada de mi intensidad y de todo lo relativo al par esperpéntico, fashion y desamparado que formábamos Renato y yo, perdidos en un Boston cruel y pardo. )

No pude abrir mis piernas, pensé: soy horrible. Pensé: no le quiero. Pensé: no estoy mojada. Pensé: tardaré mucho en correrme y me odiará. Pensé: ¿por qué me adora? Pensé: este tío esta chalado.
Y no pude abrir las piernas.

Renato no se rindió y me cinceló caricias imposibles (el famoso punto G existe). Finalmente, me separó a la fuerza esas piernas nevadas y, probablemente, sin depilar, y a continuación, con ganas y talento, me besó. Tuvo a penas veinte o treinta o sesenta segundos para besarme y (dios mío) morderme, entonces grité: ¡nou! ¡estop! Lo veía ahí escondido, cavando y rastreando, y me reía, y me iba deshaciendo, y me ponía a retemblar como un flan fundiéndose en los labios secos y rosas de un tío bueno, mi tío bueno particular, Renato Testa, verdugo, víctima y amor mío.

Por fin me dejó en paz, abatido, sin haber conseguido nada. Cómo quieres que te quiera en veinte segundos, me dijo Renato, enfadado y desconcertado, por qué no me dejas de una vez hacer lo que quiero hacer, me dijo, extrañado de que yo no quisiera disfrutar gratis.
Sin embargo yo, en mi mente, rugía de alegría, porque durante nada, veinte segundos, una eternidad, había gozado, en contra de mi estúpida voluntad, de esa boca que era más mía que suya, de esa boca perfecta, alineada e italianamente grave y melódica.

Esa boca me explicaba con ternura y devoción you are crazy, but ti voglio bene.
Por supuesto no se atrevía muy habitualmente a decirme I love you pues, según él, yo le miraba como si fuera un terrorista si osaba hablarme de amor.
Lo cierto es que yo creía que me tomaba el pelo y me divertía con sus típicas comedias: oh, por qué me tienes rrrrabia, pequeña, por qué me odias. Todo esto mientras nos besábamos.

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Esa noche fue memorable. Aunque es probable que esa noche la perciba yo como gloriosa porque seguramente habré recopilado todos mis recuerdos y los habré reunido en esa noche, esa noche memorable. De haber echo fotos, las tendría en mi mesita de noche. Colección privada de iconografía erótica –o pornografía según para qué ojos-. Muestrario privado de filtros y trucos. Compilación íntima de posturas y cubanas y mordiscos.
Pero dudo mucho que se pueda hacer fotos de sentimientos, sollozos y demás detalles escabrosos de un amor, por aquel entonces, en construcción, y actualmente, disipado por kilómetros, minutos y otros rostros de otras personas ajenas a esa noche memorable.


Me dormí en la postura del feto ñoño y cansado, Renato se acopló a mi ovillo (muchas veces, cuando me sabía fingiendo que dormía, me susurraba teatralmente ¿quieres que hagamos un amor, pequeñita? Y recuerdo... aquel día tempestuoso internados en la sala de lectura. Me pasó una nota, después de haber discutido sobre alguna trivialidad: do you want to make oral sex with me? Y se sonreía espantosamente irresistible, cínico y travieso...), me moví incómoda, Renato abandonó sus manos en algún rincón redondeado de mi cuerpo, por ejemplo, el pecho, plantó también su mandíbula y su aliento en mi cuello, mis bucles habiendo sido ya debidamente apartados de la erizada y salivada nuca.
Me desperté definitivamente y quise, por fin, hacer mi primera mamada.

Se tumbó mirando el cielo de la litera, me coloqué encima como si fuera a montar un caballo, Renato se calentó rápido, o quizás nunca dejó de estar caliente, yo me esmeré en cada movimiento.

El aire estaba enrarecido: aún no se habían secado los gemidos de hace un rato. Me pareció por un momento que mi amor era un demonio demasiado sexy, y me besaba con tal arte que cada labio común nuestro era como una historia diferente.
Me dijo ¿estás segura? Y contesté, casi carcajeándome, nunca antes lo he hecho, Renato. Enséñame. Y me dijo, ya te iré diciendo.
Entonces, se abandonó, se alargó, se encogió, y volvió a su tamaño natural e ideal: estoy segura de que cualquier pintor lo habría contratado como modelo, porque estaba bellísimo así, expectante, dormido, desmantelado, conmovido, ausente y envuelto en la oscuridad del cielo de la litera que él ya no podía ver, porque tenía los ojos entornados.

Lo siguiente fue tal y como lo había previsto: me había informado minuciosamente, aterrada ante la típica turbación de quedarme en blanco y vaciar nuestra habitación de placer.
Lo agarré y me lo comí apresuradamente, como temiendo que explotara, y lo más divertido fue la misión de equilibrar lengua, labios, mano y corazón.
Me pareció que la ciudad se había apagado de repente y únicamente podía escuchar nuestra especie de unión. Renato muerto, yo viva, Renato, por una puta vez, quieto, y yo, en contra de mi costumbre, movida.
Me susurró para y paré, me preguntó ¿estás segura de que es la primera vez que lo haces? yo le contesté sí, cómo no voy a estar segura, y él me dijo no me mientas, no puede ser la primera vez que lo haces, yo me reí en mi interior y se me escapó un poco de risa al exterior y le dije, Renato, te lo prometo. No tuvo más remedio que creerme, porque en mi Renato, te lo prometo, iba incluido un Renato, no sabes cuánto te estoy queriendo, y creo que es por eso que el pobre no tuvo más remedio que creerme.


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Un dicho italiano, precisamente, recita: los besos son como las cerezas, uno lleva a otro.

En nuestro caso, en un principio, eso no iba a poder ser.
Francamente, sólo me apetecía dormir, y no me hice la dormida para provocarle, sino porque tenía sueño y quería forzarme a soñar...

Renato estaba desnudo y debió pensar que lo justo sería que yo también me desnudara. Así que así, en un principio, íbamos a dormir, desnudos pero velados por esa fina sábana como de hotel y por nuestras piernas (las suyas, entonces me di cuenta, también a medio depilar).
Era delicioso dormitar con esa tensión de haber comenzado y no haber terminado, de haber confesado algunas cosas en ciertos momentos de límite, de saberle disgustado, perturbado, exasperado, agotado y, tal vez a su pesar, enamorado de alguien como yo, tan diminuta.

Adán era Renato, le roí la yugular y sabía a manzana, me di cuenta de que estábamos vestidos con pétalos secos, brincando en un edén blanco...

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Me despertó un abrazo violento ventoseándome la cintura y noté que quería que fuera suya. Me elevó, nos colocamos en esa postura de Hollywood (esa en la que Ken posee a Barbie en la mesa de la cocina y ésta chilla Oh Kenny I’m so hot that I’m coming, I’m coming, I like it when you shake it like a gigoló, I’m your biiiiiiiiiittttcccchhhhhhhh ) y supe que no podía resistirme porque sentía mis brazos flojos y mi pelvis ávida de baile y mi cabeza vagando en una dimensión anónima. En esos intervalos de milagro entre el sueño y la vigilia mi corazón era una máquina que chirriaba a punto de morir.

Como no, nos besamos, a duras penas, despreocupadamente, ahora el olor a cerrado era aún más intenso. Renato, mientras yo dormía, se había puesto una camiseta blanca sin mangas. Había intuido que podría rasparme su torso mal rasurado.
Me senté en la almohada, me golpeé el cráneo con el cielo de la litera, todo se volvió negro, todo menos la luz de su mirada goteando directamente sobre toda yo. Mientras tanto abrí las piernas, por fin, sin que él me lo sugiriera.

Magia: no sólo la ciudad y las vistas de nuestro ventanal desaparecieron, sino que todo el mundo, para mi, fue eliminado por su sonrisa de divo. Todo oscuro. Absoluto, munífico. Todo nocturno. Todo convergía en él y en lo que yo sabía que iba a hacer conmigo. Todas las partes de mi cuerpo tiritaban de pánico y, al tiempo, querían recibir el ritmo.

Descubrí, acariciándole, dos cosas: una, que su piel era suave, dócil y como núbil y dos, que se había colocado los slips negros, pijos y ajustados, sin yo darme cuenta. Mientras yo dormía. Él hacía cosas mientras yo dormía.

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Renato, que como ya he comentado era mi amigo, mi enemigo y mi esposo ilegal, haciendo uso de su piel suave y juvenil, de su labia lasciva, desarraigada y romántica y del poder de su cuerpo moldeado, me cogió casi literalmente y yo no sé qué pasó, qué ocurrió, cómo floté o cómo me fui o si me quedé allí.
Me estampó contra la pared, me abrazó y me volteó, me volvió a tocar, tentar, tantear y estuvimos así luchando un tiempo que fue un paraíso de gimnasia.
Me estampó contra la pared de tal modo que no pude evitar gimotear.

Abertura, matriz, vulva, ombligo, codos que se incrustan. Y la pared amortiguando con su fuerza mi potencia y convulsión. ¿Por qué de pronto la Tierra detonaba mi conciencia? El ruido era despótico y, a cada segundo, un pequeño silencio se dedicaba a separarnos... juntarnos... separarnos... juntarnos...

Nunca he gritado, ni suspirado tan fuerte como para llamarlo ruido: siempre, haciendo uso de la ya nombrada vergüenza mía, he silenciado mis instintos y mis palabras de cariño, como si tuviera miedo a parecer alguien normal y no ese alguien superior, recatado y elegante que pretendía, a veces, en brazos de algún mortal que no sabía de poesía.

Pero Renato me clavó a la pared, yo sentada, él inclinado, hicimos un nudo e, intentando desatarnos, hicimos el amor con ropa.

Pero Renato sabía a cerezas, y no pude evitar gritarlo, y fui consciente de que gritaba, me liberaba y decía versos y onomatopeyas que no podía frenar ni imaginar en otro contexto.
Y esos sonidos se me han olvidado, porque sólo existen cuando me convino con Renato, cuando mezclo nuestros cuerpos, porque sólo mi odiado y venerado amor y yo conocemos ese frenético lenguaje sacro.
Fue en ese intervalo de milagro entre la vigilia y el sueño cuando noté maravillosamente presente el fervor de su cuerpo y su olor y el hechizo que creábamos cuando nos juntábamos.
Mientras dormía yo me hizo algunas cosas que no recuerdo. Porque estoy segura de que Renato me hacía cosas, algo, se metía, me sonsacaba, me usaba y seducía, hipnotizaba, penetraba mientras yo dormía. Soñé que al final nos entendíamos.

(Nos odiábamos y amábamos a partes iguales: erramos, éramos un ying y un yang corrompidos por el ímpetu y las ganas de querernos, perdidos en la jungla de avenidas extranjeras, enclaustrados en una residencia donde estudiábamos gramática inglesa, política, economía y técnicas amatorias, curas para el alma de seres como nosotros. Nos odiábamos y amábamos a partes iguales. Cuánto duraría este cielo-infierno. Cuánto le amé, ustedes no lo entienden. No sabrán nunca emborracharse bravamente, como Renato y yo hicimos inconscientes, con cócteles explosivos.)

Y cuando desperté con un abrazo violento que sitiaba mi cintura intenté paralizar mi corazón y abandonarle. Desgraciadamente lo conseguí.

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