Tuesday, October 25, 2005

extrañas distancias




Cuando el tiempo haya cometido el terrible fratricidio de matar sin pena alguna diez años, veinte, dos, qué importa, algún día, viajaré a Sudáfrica con Luca Testa da Lima.
Es extraño estar aquí, sentada en cueros, mordiéndome las uñas, despedazando un melocotón amorfo, y leer, leer fascinada, con la sensación de irrealidad que caracteriza todo lo inaccesible, esa carta postal que me envía desde un área apasionadamente lejana ese hombre que pateó y depiló y acarició mi corazón: estoy aquí, Luca, allí, qué curiosa es la física; sólo su telegrama cínicamente lírico me alarga su cuerpo, ese saquito en el que yo dormía y me estiraba todos los domingos, hace apenas un segundo, un año...
Hace ya doce meses que nos conocimos. Nueve que no le robo la cadera. Estas paredes rebozadas de óleos e imágenes del ayer me obligan, tan cuadradas, a pensar en los minutos y en los lugares: dentro de unos días, miles posiblemente, me reuniré y podré escribir todos los poemas que siempre ambicioné, simplemente mezclando nuestros ojos.
Y vosotros, amigos del universo, ¿qué hacéis mientras yo os pienso? Sois parte de mí, esto ya es inevitable. El infinito guarda en sus galaxias nuestros momentos inmortales, y cuando por las noches se enluta la existencia, el sideral se proyecta, se maquina, existe en mi ser vulnerable: se mueren los milenios, los rostros trascienden, el disco de las vivencias suena ruidosamente. Pero, más allá de esta ventana, el pueblo, la fosforescencia, el alquitrán, el conjunto de mi vista es silencioso.
Valencia, Cabo Verde. Todo esto es misterioso y morboso. La vida es hermosa.



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